Al fin y al cabo, mañana será otro día

El hombre de mediana edad me saludará y sonreirá, se sentará relajado frente a mí con la tranquilidad que proporciona la ignorancia, perseguirá con los ojos la mosca que acaba de colarse por la ventana entreabierta y observará cómo me lavo las manos. Mientras tanto, el diagnóstico reposará sobre la mesa, como las recetas todavía en blanco, como la lista de pacientes de la mañana, como el código deontológico. El hombre no creerá lo que oye, cruzará aturdido la puerta, llamará a su mujer y le contará lo ocurrido, quedarán en una cafetería donde se sentarán en la mesa más alejada para poder llorar a gusto. Yo, sin embargo, cerraré la consulta hasta mañana. Mañana llamaré a la primera paciente, aquejada desde hace días de un resfriado.

Anuncios