El Prado o cualquier otro lugar. Sin ella

Decían en no sé qué película que la vida es como una caja de bombones porque nunca sabes lo que te va a tocar. Yo prefiero decir que la vida es como una caja de galletas surtidas. No me gusta el chocolate.

Siempre me ha interesado el arte, pero a decir verdad, no sé qué pinto aquí. Sin ella. La maja me observa desde la pared. Hace tan solo una semana hubiera sido bonito. Nos habría observado a los dos y juntos hubiéramos imaginado un encuentro amoroso entre Goya y la duquesa de Alba, o protagonizado por Godoy y Pepita Tudó, pero ahora mismo la única imagen que se dibuja en mi mente es la de aquella habitación en Roma. Una canción de Claudio Blagioni que llega desde el patio, el olor del café recién hecho, su voz al despertar: «me muero de hambre». Y cuando me recordaba que el zumo de naranja siempre de cartón porque el natural le produce acidez. Me viene a la memoria de manera tan clara, que creo que podría pintar la escena a pesar de no haber tenido jamás un pincel entre los dedos.

Todo en ella me gustaba, me gusta. De su cabeza, además del hedonismo capaz de convertir cualquier momento aburrido en una revolución por el placer, los rizos. Me encantaba introducir los dedos a la altura de la nuca y que quedaran enganchados a los nudos de pelo.  Son como rastas en miniatura. Tiene su carácter y eso también me gusta. A veces miraba hacia otro lado cuando se sentía contrariada y me explicaba sus motivos, como la condesa de Chinchón, solo que ella lo hacía para mostrarme su desdén. Igual que la hija de la condesa, Carlota se llamaría la nuestra de tenerla alguna vez. Incluso La lucha con los mamelucos me hace pensar en ella, en nuestras discusiones estúpidas y en las guerras de cojines, tan divertidas, en el sofá.

«¿Quieres un chicle de fresa?», me pregunta la niña de las trenzas naranjas. Lo tomo sin responder y vuelvo a mirar el teléfono silenciado en busca de una llamada perdida. «No te va a llamar», me dice. Salgo del pabellón de Goya con la certeza de que la niña de las trenzas naranjas tiene razón.

Maldita caja de galletas.

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