Quid pro quo

Pobre. Si he sentido alguna vez, en algún remoto lugar de la conciencia, la desaparición de Gerardo, ha sido por ella. Se murió sin conocer el paradero de su hijo. Pero no me toca a mí sufrir por ese asunto. Es más, reconozco que siento cierto placer al recordar aquella tarde, hace años ya, en que Charo me comunicó que Gerardo no aparecía por su casa desde muchos días atrás.

—Ya sé, Luci —dijo la señora— que mi hijo no ha sido un buen marido y lo siento de verdad, pero tienes que ayudarme a encontrarlo. —El sonido del teléfono me había encontrado cocinando un caldo. Nada mejor que unos huesos y unas verduras para templar el cuerpo durante el largo invierno—. Tengo un mal presentimiento, esa gente con la que juega…

—Charo, tranquila, Gerardo es una persona muy impulsiva —respondí—. Se habrá cansado de esta vida y se habrá marchado a otra ciudad, quizás con alguna novia. Seguro que está bien, hazme caso.

Después de nuestra conversación, volví a mis fogones. El olor que desprendían me pareció mágico. Me amodorró. Me trasladó a otro tiempo, allí, sentada en la banqueta y la espalda apoyada en el azulejo. Porque es verdad que al principio viví mi particular historia romántica, con su ternura y sus promesas de felicidad. Lástima que se estropeara. Y sin embargo, en aquel momento, en el calor de la cocina, ya no pensaba en las gruesas capas de maquillaje, ni en las excusas a los amigos, ni en los gritos ahogados para no alertar a los vecinos, ni en que después de la separación fuera aún peor. Yo solo quería dejarme mecer por aquel olor capaz de aliviarlo todo.

Al poco tiempo, dos policías vinieron a casa una mañana cercana la hora de comer. No me sorprendió, era de esperar que tarde o temprano me preguntaran por Gerardo. Fueron muy agradables, hasta el punto de que llegáramos a intercambiar cierta complicidad. Así que, después de hablarles de las extrañas amistades de mi ex marido, me sentí en condiciones de ofrecerles una taza de caldo y unas croquetas recién hechas. Elogiaron mi buena mano para la cocina y a continuación se marcharon agradeciendo mi amabilidad. Yo, en cambio, estaba harta. Los caldos y las croquetas habían sido mi único alimento desde que Gerardo desapareció, pero eso ellos, los agentes, nunca lo sabrán.

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