Tania

En tales días no es soledad lo que siento. Si fuera eso, podría caminar por las calles del centro y llegar a un acuerdo con alguna de las muchachas apostadas entre los locales comerciales. No es eso, en estos días es otra cosa lo que llevo dentro, una necesidad, tan vital como perversa, de llegar hasta el café de los Martines y pasear mis manos por la dulce Tania sin siquiera tocarla.

Cuando entro me recibe con la misma sonrisa de las ocasiones anteriores. Alguno de los Martines debe haberle explicado que a los clientes habituales hay que tratarlos con especial amabilidad y así lo hace, aunque noto que con otros es más abierta. Quizás ve en mi rostro de cincuentón inglés una mirada que no percibe en los demás, pero es que ella es la musa de todas mis fantasías secretas, algo que me es casi imposible disimular.

Creo que es la primera vez que sucede, lo recordaría, sí, es la primera vez que sucede: me roza la mano cuando alargo el brazo para hacerme con un sobre extra de azúcar y una intensa sensación de calor me baja por el pecho hasta la entrepierna. «Tania, ¿te gustaría venir esta tarde a mi casa?»

*****

Llegamos a mi apartamento. Tania no me ha mirado durante el trayecto en coche ni en el ascensor hasta el séptimo piso, es más, mantiene una actitud de animal asustado y entiendo que es la primera vez que acepta algo así. Probablemente Dámaris, la camarera cubana, ha influido en su decisión. Me conoce desde hace tiempo y le habrá dicho que soy profesor de universidad, un hombre educado, un buen tipo. Los ojos de la chica se encuentran con los míos por primera vez desde que salimos del café de los Martines, se abren sorprendidos cuando le digo que no nos tocaremos si ella no quiere.

—Tania, tranquila, lo haremos fácil.

Me siento en el butacón junto al amplio ventanal e invito a la chica a que permanezca de pie en el centro del salón. Dos o tres metros nos separan. Es ahora verdaderamente, al tenerla frente a mí, atenta a mis palabras, cuando soy consciente de todo lo que despierta en mí.

—Quiero que te sientas cómoda. ¿Ves? Me pongo esta venda en los ojos, no te miraré. Solo quiero que charlemos mientras jugamos un poco.

Me responde con un tímido sí y comprendo que continúa asustada.

—Háblame de Bucarest, de ti, de por qué viniste a Madrid, mientras te quitas el vestido, lentamente, no tengas prisa.

—Yo… —hace una pausa— terminé el colegio en mi ciudad. Mi barrio es pobre, la gente no tiene trabajo y vine aquí al cumplir los dieciocho. Llevo dos años en Madrid.

—Veinte años de piel morena y ojos verdes… —digo para mis adentros—. ¿Sabes una cosa? Por mi trabajo, trato con muchas chicas de tu edad, pero tú eres especial, muy especial. ¿Quieres seguir? —intuyo un gesto afirmativo y continúo—. Quítate el sostén, ya sabes, muy despacio. ¿Tienes hermanos?

—Dos. No los he visto desde que vine.

Más confiada, tras un breve silencio, añade:

—¿Quiere que me quite también las bragas?

—No, espera, sin prisa. Antes me gustaría saber cómo son tus pezones. Seguro que se ponen duros si pasas los dedos sobre ellos. Hazlo y cuéntamelo.

—Sí, muy duros. Más si los pellizco.

—¿Los estás pellizcando ahora?

—Sí.

—Lo estás haciendo muy bien, Tania —mi voz ya no oculta la excitación—. Puedo arreglar la visita de tus hermanos si quieres. Pero escucha, no me has dicho cómo son. Tus pezones, digo.

—No sé… como una moneda de dos euros, un poco más grandes y un poco oscuros.

—¡Dios! Ahora sí… ¿te quitarías las braguitas para mí?

—Sí, creo que sí —responde todavía con timidez.

—Me haces muy feliz, ¿lo sabes? Ven, acércate, prometo no tocarte. Dámelas, por favor.

Aprieto la prenda de algodón entre las manos y la llevo hasta mi boca. Durante unos minutos respiro toda la intimidad de Tania y… santo cielo, me parece estar flotando. No sé cómo, pero aguanto, soporto la tentación de masturbarme.

—Tania, Tania, Tania… Mi dulce Tania. No ha sido tan malo, ¿verdad? Ya hemos terminado, puedes irte cuando quieras —le digo sin apartar la venda de mis ojos.

Permanezco sentado en el butacón esperando oír los pasos alejarse y una puerta que se abra y se cierre en el otro extremo del apartamento. No hay pasos, ni puerta, solo silencio y, a continuación, el sonido de la cremallera que baja y una sensación indescriptible cuando Tania acaricia mi pene

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