Vino para dos

El runrún del lavavajillas apareció entre sus pensamientos y entonces reparó en que las dos copas habían quedado fuera. Allí estaban muchas horas después, sobre la mesa del salón. No se lo explicaba, había limpiado todo resto con sumo cuidado. Con el paso torpe y la mente nublada, se dirigió al fregadero con intención de lavarlas a mano y releyó el el papel que la atormentaba, un telegrama arrugado sobre la encimera:

«Volveré y brindaremos de nuevo, querida. Esta vez me aseguraré de servir el vino yo».

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