Belén, 9 de octubre de 1989

Será por la humedad primaveral que mis rodillas despertaron hoy especialmente traviesas. Puede que este clima no sea el apropiado cuando la artrosis decide hacer de las suyas, pero es aquí donde, casi con seguridad, pasaré mis últimos años. Ahora bien, que nadie se equivoque, no fueron ellos quienes me echaron, vine porque quise, después de verlos caer. Hoy, en el aniversario de la muerte de un grande, es día para recordar la última que les hice. Me costó un dedo, múltiples fracturas y varios meses de encarcelamiento, pero lo volvería a hacer. Aún recuerdo la cara del tal Pacheco, el comisario de la social, cuando le dije que Belén está en Argentina y que el mesías se llama Che.

Anuncios

Al fin y al cabo, mañana será otro día

El hombre de mediana edad me saludará y sonreirá, se sentará relajado frente a mí con la tranquilidad que proporciona la ignorancia, perseguirá con los ojos la mosca que acaba de colarse por la ventana entreabierta y observará cómo me lavo las manos. Mientras tanto, el diagnóstico reposará sobre la mesa, como las recetas todavía en blanco, como la lista de pacientes de la mañana, como el código deontológico. El hombre no creerá lo que oye, cruzará aturdido la puerta, llamará a su mujer y le contará lo ocurrido, quedarán en una cafetería donde se sentarán en la mesa más alejada para poder llorar a gusto. Yo, sin embargo, cerraré la consulta hasta mañana. Mañana llamaré a la primera paciente, aquejada desde hace días de un resfriado.

Vino para dos

El runrún del lavavajillas apareció entre sus pensamientos y entonces reparó en que las dos copas habían quedado fuera. Allí estaban muchas horas después, sobre la mesa del salón. No se lo explicaba, había limpiado todo resto con sumo cuidado. Con el paso torpe y la mente nublada, se dirigió al fregadero con intención de lavarlas a mano y releyó el el papel que la atormentaba, un telegrama arrugado sobre la encimera:

«Volveré y brindaremos de nuevo, querida. Esta vez me aseguraré de servir el vino yo».