Cuando te veo

Si no me hubiera parado en el puesto de flores no me habría encontrado con vosotros. Ella no me hubiera tocado el hombro para llamar mi atención y yo no habría visto, una vez más, los hoyuelos que aparecen en tu cara cuando sonríes. Si al salir de la oficina hubiera tomado el camino habitual no me habría invitado a un café y yo no sabría, al menos no esta tarde, lo bien que te sienta ese polo verde en combinación con los vaqueros. No hubiera tenido ocasión de recordar que cuando tú y yo nos vemos me importa un carajo lo que ella me cuenta, que al niño le hayan quedado tres. ¡Como si son cinco! Si no nos hubiéramos encontrado me habría metido en casa y, después de quitarme el vestido y los tacones, me hubiera abierto una cerveza. Habría leído a García Márquez. Tranquilamente. Pero ya es tarde. Me muero, como cada vez que te veo, de ganas de follarte.

Sentado en el sofá no me pareces tan simpático, me refiero a esa simpatía utilizada para que todo parezca normal y no se note lo que sientes. Porque tú también lo sientes, ¿verdad? En mi salón tu mirada lasciva no se esconde. Me dice que estás tan excitado como yo, que esperas que me abalance sobre ti y te arranque la ropa a mordiscos. Será por eso que al soñarte de esta manera me siento boca; soy dientes, lengua, labios que desean abrazarte entre las piernas. Así me comporto en mi imaginario erótico particular incluso antes de llegar a ese tesoro, como una boca ávida de ti, cuando me siento a horcajadas sobre tus rodillas y apoyas la cabeza en el respaldo en señal de abandono. Me detengo unos segundos en el cuello, con suavidad, para no dejar marcas, antes de buscar tus pezones bajo ese polo verde que te queda tan bien. Cómo te gusta sentir la lengua sobre ellos, el frescor de la saliva, lubricante natural cuando los pinzo con mis dedos. Sé que te gusta… Tu bragueta dura y abultada te delata.

La llegada del camarero me saca de mis pensamientos. Me devuelve la imagen de ella y el sonido de sus palabras, que empiezan a parecerme estridentes y me molestan. Los suspensos del niño ya han dado de sí todo lo que podían dar y ahora es el turno de su jefe.  No para de hablar —¡Dios! ¿No se calla nunca?— y me cuesta recuperar nuestro encuentro íntimo en el sofá. Se obra el milagro cuando intervienes en la conversación y tu voz logra abstraerme de nuevo. Me salto el punto donde lo había dejado, las caricias en el pecho, por miedo a una segunda interrupción quizás definitiva, y me veo sin demora arrodillada entre tus piernas, otra vez deseosa de engullirte. Sabes lo que viene a continuación y la sola visión de mi postura ya te vuelve loco. Como yo, loca, cuando deslizo la cremallera a pocos centímetros de mi cara y oigo tu gemido al sentirte liberado. Yo boca, tú falo. Y te beso, te abrazo, te como.

Mi boca, que soy yo, te confesaría estos pensamientos. Sin lugar a dudas lo haría. Maldita sea… Si no fueras el marido de mi hermana.

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Pequeños gestos

Siempre he oído decir que son los grandes acontecimientos los que cambian el mundo y, sin embargo, a mí me parece que los pequeños gestos cotidianos, como la gota de agua que cae incesante hasta perforar la piedra, pueden llegar a ser mucho más poderosos.

Aquellos días se preparaba en casa el anuncio oficial de mi compromiso con Álvaro Sotomayor y Fuentes. Mamá, al conocer mi temperamento cambiante, me preguntaba una y otra vez por mi estado de ánimo. Supongo que necesitaba asegurarse de que no hubiera sorpresas desagradables de última hora. Yo intentaba tranquilizarla diciéndole que no tenía de qué preocuparse, que aunque era un compromiso convenido por nuestras familias, amaba a Álvaro y deseaba casarme con él. De alguna manera, entendía su inquietud. Tanto ella como papá me habían oído decir infinidad de veces que no estaba dispuesta a aceptar determinados convencionalismos, que jamás sería una esposa al uso. Sabía que esperaban con impaciencia que llegara la fecha de la boda, como quienes esperan ser librados de una pesada carga soportada durante años. Ingenuos, albergaban la esperanza de que, tarde o temprano, sobre todo por la llegada de los hijos, me convirtiera en la señora que se esperaba de mí.

Todavía me sonrío al recordar las caras de los invitados. Imagínese, la encorsetada España de comienzos de siglo, en la que los roles permanecían estáticos, absolutamente ajenos al transcurrir del tiempo. Para ponerle en situación, le diré que por aquel entonces era el turno del presidente Juan Canaletas, también invitado al evento. Aunque se trataba de un gobierno liberal, después he comprendido que quedaba un largo y angosto camino por recorrer. Pero no quisiera entrar en valoraciones de tipo político, la anécdota por la que usted me pregunta es mucho más divertida.

Fueron jornadas de gran ajetreo. Mamá ultimaba con Brígida los detalles del menú, el servicio se movía de manera incansable por la casa a las órdenes de tía Amalia, los floristas iban y venían cargados con sus olorosas muestras, los sastres y modistas entraban y salían de las distintas habitaciones,  cosiendo, descosiendo, probando los trajes a todos los miembros de la familia. Y en este campo, precisamente, se encontraba mi única petición: yo, y solo yo, elegiría mi traje. Sería secreto, hasta tal punto, que hice a la modista jurar sobre la Biblia que no desvelaría ningún detalle acerca de mi atuendo.

Llegó la gran cita. Doce del mediodía. Mis padres y mis hermanos al lado izquierdo al pie de la escalera; Álvaro y sus padres al lado derecho. El salón repleto de personajes ilustres, expectantes. Cabeza alta, espalda erguida, el tacto fresco y suave de la seda al bajar los primeros peldaños. Mamá, abochornada, cerró los ojos al descubrir mi pequeña gran revolución. Puedo decirle, sin miedo a exagerar, que pocas veces he experimentado tanta libertad. No como aquel día, al vestir mi primer pantalón.

Tania

En tales días no es soledad lo que siento. Si fuera eso, podría caminar por las calles del centro y llegar a un acuerdo con alguna de las muchachas apostadas entre los locales comerciales. No es eso, en estos días es otra cosa lo que llevo dentro, una necesidad, tan vital como perversa, de llegar hasta el café de los Martines y pasear mis manos por la dulce Tania sin siquiera tocarla.

Cuando entro me recibe con la misma sonrisa de las ocasiones anteriores. Alguno de los Martines debe haberle explicado que a los clientes habituales hay que tratarlos con especial amabilidad y así lo hace, aunque noto que con otros es más abierta. Quizás ve en mi rostro de cincuentón inglés una mirada que no percibe en los demás, pero es que ella es la musa de todas mis fantasías secretas, algo que me es casi imposible disimular.

Creo que es la primera vez que sucede, lo recordaría, sí, es la primera vez que sucede: me roza la mano cuando alargo el brazo para hacerme con un sobre extra de azúcar y una intensa sensación de calor me baja por el pecho hasta la entrepierna. «Tania, ¿te gustaría venir esta tarde a mi casa?»

*****

Llegamos a mi apartamento. Tania no me ha mirado durante el trayecto en coche ni en el ascensor hasta el séptimo piso, es más, mantiene una actitud de animal asustado y entiendo que es la primera vez que acepta algo así. Probablemente Dámaris, la camarera cubana, ha influido en su decisión. Me conoce desde hace tiempo y le habrá dicho que soy profesor de universidad, un hombre educado, un buen tipo. Los ojos de la chica se encuentran con los míos por primera vez desde que salimos del café de los Martines, se abren sorprendidos cuando le digo que no nos tocaremos si ella no quiere.

—Tania, tranquila, lo haremos fácil.

Me siento en el butacón junto al amplio ventanal e invito a la chica a que permanezca de pie en el centro del salón. Dos o tres metros nos separan. Es ahora verdaderamente, al tenerla frente a mí, atenta a mis palabras, cuando soy consciente de todo lo que despierta en mí.

—Quiero que te sientas cómoda. ¿Ves? Me pongo esta venda en los ojos, no te miraré. Solo quiero que charlemos mientras jugamos un poco.

Me responde con un tímido sí y comprendo que continúa asustada.

—Háblame de Bucarest, de ti, de por qué viniste a Madrid, mientras te quitas el vestido, lentamente, no tengas prisa.

—Yo… —hace una pausa— terminé el colegio en mi ciudad. Mi barrio es pobre, la gente no tiene trabajo y vine aquí al cumplir los dieciocho. Llevo dos años en Madrid.

—Veinte años de piel morena y ojos verdes… —digo para mis adentros—. ¿Sabes una cosa? Por mi trabajo, trato con muchas chicas de tu edad, pero tú eres especial, muy especial. ¿Quieres seguir? —intuyo un gesto afirmativo y continúo—. Quítate el sostén, ya sabes, muy despacio. ¿Tienes hermanos?

—Dos. No los he visto desde que vine.

Más confiada, tras un breve silencio, añade:

—¿Quiere que me quite también las bragas?

—No, espera, sin prisa. Antes me gustaría saber cómo son tus pezones. Seguro que se ponen duros si pasas los dedos sobre ellos. Hazlo y cuéntamelo.

—Sí, muy duros. Más si los pellizco.

—¿Los estás pellizcando ahora?

—Sí.

—Lo estás haciendo muy bien, Tania —mi voz ya no oculta la excitación—. Puedo arreglar la visita de tus hermanos si quieres. Pero escucha, no me has dicho cómo son. Tus pezones, digo.

—No sé… como una moneda de dos euros, un poco más grandes y un poco oscuros.

—¡Dios! Ahora sí… ¿te quitarías las braguitas para mí?

—Sí, creo que sí —responde todavía con timidez.

—Me haces muy feliz, ¿lo sabes? Ven, acércate, prometo no tocarte. Dámelas, por favor.

Aprieto la prenda de algodón entre las manos y la llevo hasta mi boca. Durante unos minutos respiro toda la intimidad de Tania y… santo cielo, me parece estar flotando. No sé cómo, pero aguanto, soporto la tentación de masturbarme.

—Tania, Tania, Tania… Mi dulce Tania. No ha sido tan malo, ¿verdad? Ya hemos terminado, puedes irte cuando quieras —le digo sin apartar la venda de mis ojos.

Permanezco sentado en el butacón esperando oír los pasos alejarse y una puerta que se abra y se cierre en el otro extremo del apartamento. No hay pasos, ni puerta, solo silencio y, a continuación, el sonido de la cremallera que baja y una sensación indescriptible cuando Tania acaricia mi pene

Quid pro quo

Pobre. Si he sentido alguna vez, en algún remoto lugar de la conciencia, la desaparición de Gerardo, ha sido por ella. Se murió sin conocer el paradero de su hijo. Pero no me toca a mí sufrir por ese asunto. Es más, reconozco que siento cierto placer al recordar aquella tarde, hace años ya, en que Charo me comunicó que Gerardo no aparecía por su casa desde muchos días atrás.

—Ya sé, Luci —dijo la señora— que mi hijo no ha sido un buen marido y lo siento de verdad, pero tienes que ayudarme a encontrarlo. —El sonido del teléfono me había encontrado cocinando un caldo. Nada mejor que unos huesos y unas verduras para templar el cuerpo durante el largo invierno—. Tengo un mal presentimiento, esa gente con la que juega…

—Charo, tranquila, Gerardo es una persona muy impulsiva —respondí—. Se habrá cansado de esta vida y se habrá marchado a otra ciudad, quizás con alguna novia. Seguro que está bien, hazme caso.

Después de nuestra conversación, volví a mis fogones. El olor que desprendían me pareció mágico. Me amodorró. Me trasladó a otro tiempo, allí, sentada en la banqueta y la espalda apoyada en el azulejo. Porque es verdad que al principio viví mi particular historia romántica, con su ternura y sus promesas de felicidad. Lástima que se estropeara. Y sin embargo, en aquel momento, en el calor de la cocina, ya no pensaba en las gruesas capas de maquillaje, ni en las excusas a los amigos, ni en los gritos ahogados para no alertar a los vecinos, ni en que después de la separación fuera aún peor. Yo solo quería dejarme mecer por aquel olor capaz de aliviarlo todo.

Al poco tiempo, dos policías vinieron a casa una mañana cercana la hora de comer. No me sorprendió, era de esperar que tarde o temprano me preguntaran por Gerardo. Fueron muy agradables, hasta el punto de que llegáramos a intercambiar cierta complicidad. Así que, después de hablarles de las extrañas amistades de mi ex marido, me sentí en condiciones de ofrecerles una taza de caldo y unas croquetas recién hechas. Elogiaron mi buena mano para la cocina y a continuación se marcharon agradeciendo mi amabilidad. Yo, en cambio, estaba harta. Los caldos y las croquetas habían sido mi único alimento desde que Gerardo desapareció, pero eso ellos, los agentes, nunca lo sabrán.

Sandra y yo

El hecho de que Elena hubiera accedido a reencontrarse conmigo en aquella cafetería ya era una buena señal. Sin embargo, me asustaba no saber cuál sería su reacción al verme después de tantos años. Así lo indicaban la tibieza del vidrio apretado entre mis manos, las finas gotas de sudor bajo la nariz, la garganta al impulsar hacia el estómago una saliva que no existía.

Era un local céntrico y concurrido, los dos coincidimos en que sería lo más adecuado. En él las voces ajenas se percibirían como ruido protector y las nuestras se perderían entre el tumulto de camareros y clientes. Situado en una mesa frente a la puerta, podía ver el entrar y salir de toda esa gente desconocida, esperar a que en cualquier momento, por fin, una cara femenina que yo recordaría sin dificultad, atravesara el umbral.

Elena entró decidida en la cafetería y se dirigió a mi mesa sin titubeos. Sus botas negras hasta la rodilla acentuaban un paso casi marcial. Se giró un segundo hacia el camarero que estaba tras la barra y pidió un café, se sentó frente a mí y esperó que moviera ficha sin desviar sus ojos ni un momento del camino que llevaba a los míos. Me sentí intimidado, no supe qué decir, no había previsto tal actitud por su parte, tan distinta de la que hubiera adoptado la adolescente insegura de la que yo, no menos inseguro que ella, decidí huir.

—No será fácil —dijo al fin al verme incapaz de reaccionar—. Creo que nunca te habrá  buscado, apenas ha preguntado por ti. A decir verdad, Sandra piensa que estás muerto. Eso es lo que hemos mantenido durante todos estos años.

Aquellas palabras cayeron sobre mí como un jarro de agua fría y sin embargo, aunque resulte difícil de entender, me sentí aliviado. Sabía que había obrado mal alejándome de aquella niña incluso antes de que naciera, pero en ese momento me liberaba en cierto modo saber que, tristemente, no solo yo había cometido errores importantes. Su propia madre, durante diecisiete años, aún con la segura intención de protegerla, había negado a Sandra la posibilidad de unir las piezas de su rompecabezas vital.

—Sandra… Qué nombre tan bonito. —No se me ocurrió otra cosa que decir.

—Sé que tu intención de recuperar a nuestra hija puede perjudicar mi relación con ella cuando sepa que he mentido sobre ti, pero no voy a interponerme entre vosotros —añadió Elena, obviando un comentario tan simple por mi parte—. Siempre he tenido en mente que este momento podía llegar. No me sorprendió tu petición cuando me localizaste en las redes sociales.

No dejaba de asombrarme. Bajo esa nueva piel recién descubierta de mujer fría que se había presentado ante mí minutos antes, había una persona madura y comprensiva, dispuesta a dejar atrás los razonables rencores e, incluso, sacrificar la confianza que nuestra hija hubiera depositado en ella durante mi ausencia. Sin duda, Elena era mucho más valiente de lo que yo había sido jamás.

—No sabes cuánto te lo agradezco. Supongo que no habrá sido fácil criar una niña, siendo tan joven. ¿Cómo estás? ¿Has sido feliz? ¿Eres feliz?

—Si quieres puedes conocerla esta misma noche —me ofreció como respuesta. Una cosa era allanar el camino para que pudiera encontrarme con mi hija y otra muy distinta, permitirme acercarme a ella misma—. Sandra terminará su clase de francés en hora y media —continuó—. Podemos esperar en casa, allí estaréis más tranquilos.

Elena vivía en un barrio a las afueras de los de toda la vida, con sus tiendas de comestibles, sus bancos de madera y su quiosco de prensa. En el segundo piso de un edificio de cuatro plantas sin ascensor abrió la puerta de su vivienda, pequeña y acogedora. Me invitó a ocupar un sillón orejero y me ofreció algo de beber. Se sentía el mimo con que las cosas habían sido colocadas cada una en su lugar. Me tranquilizó la sensación de que en esa coqueta casita de muñecas debían haber sido muy felices.

Hablamos poco antes de que la puerta de la casa se abriera de nuevo y una preciosa muchacha irrumpiera distraída en el salón. Vi a mi madre en sus ojos verdes y su pelo rizado del color de la tierra mojada. Tuve que asirme con fuerza a los brazos del sillón para no abalanzarme sobre ella y contarle lo arrepentido que estaba, decirle lo mucho que había pensado en ella sin saber siquiera que era ella y no él, que no había dado antes ese paso por miedo al rechazo, por pura cobardía.

—Hola, Sandra, cariño. Ven, siéntate aquí —dijo Elena, interrumpiendo mis atropellados pensamientos—. Te presento a Luis.

—Sandra… Yo… —escapó de mi boca torpe antes de que la muchacha me sellara los labios con su dedo índice.

—No te preocupes, no es necesario que digas nada. Bienvenido, papá.

El Prado o cualquier otro lugar. Sin ella

Decían en no sé qué película que la vida es como una caja de bombones porque nunca sabes lo que te va a tocar. Yo prefiero decir que la vida es como una caja de galletas surtidas. No me gusta el chocolate.

Siempre me ha interesado el arte, pero a decir verdad, no sé qué pinto aquí. Sin ella. La maja me observa desde la pared. Hace tan solo una semana hubiera sido bonito. Nos habría observado a los dos y juntos hubiéramos imaginado un encuentro amoroso entre Goya y la duquesa de Alba, o protagonizado por Godoy y Pepita Tudó, pero ahora mismo la única imagen que se dibuja en mi mente es la de aquella habitación en Roma. Una canción de Claudio Blagioni que llega desde el patio, el olor del café recién hecho, su voz al despertar: «me muero de hambre». Y cuando me recordaba que el zumo de naranja siempre de cartón porque el natural le produce acidez. Me viene a la memoria de manera tan clara, que creo que podría pintar la escena a pesar de no haber tenido jamás un pincel entre los dedos.

Todo en ella me gustaba, me gusta. De su cabeza, además del hedonismo capaz de convertir cualquier momento aburrido en una revolución por el placer, los rizos. Me encantaba introducir los dedos a la altura de la nuca y que quedaran enganchados a los nudos de pelo.  Son como rastas en miniatura. Tiene su carácter y eso también me gusta. A veces miraba hacia otro lado cuando se sentía contrariada y me explicaba sus motivos, como la condesa de Chinchón, solo que ella lo hacía para mostrarme su desdén. Igual que la hija de la condesa, Carlota se llamaría la nuestra de tenerla alguna vez. Incluso La lucha con los mamelucos me hace pensar en ella, en nuestras discusiones estúpidas y en las guerras de cojines, tan divertidas, en el sofá.

«¿Quieres un chicle de fresa?», me pregunta la niña de las trenzas naranjas. Lo tomo sin responder y vuelvo a mirar el teléfono silenciado en busca de una llamada perdida. «No te va a llamar», me dice. Salgo del pabellón de Goya con la certeza de que la niña de las trenzas naranjas tiene razón.

Maldita caja de galletas.

Belén, 9 de octubre de 1989

Será por la humedad primaveral que mis rodillas despertaron hoy especialmente traviesas. Puede que este clima no sea el apropiado cuando la artrosis decide hacer de las suyas, pero es aquí donde, casi con seguridad, pasaré mis últimos años. Ahora bien, que nadie se equivoque, no fueron ellos quienes me echaron, vine porque quise, después de verlos caer. Hoy, en el aniversario de la muerte de un grande, es día para recordar la última que les hice. Me costó un dedo, múltiples fracturas y varios meses de encarcelamiento, pero lo volvería a hacer. Aún recuerdo la cara del tal Pacheco, el comisario de la social, cuando le dije que Belén está en Argentina y que el mesías se llama Che.